UNA CRÍTICA A LA TELEVISIÓN QUE "ENSEÑA"

Hugo M. Castellano

 

Un reciente artículo titulado "La Televisión, ese cuco que también enseña" (Diario Clarín, Suplemento Educación, Agosto 9, 1998, pág.2), da cuenta de que la Televisión es "uno de los mecanismos básicos de socialización" y una de las "principales fuentes de información" de los niños. Citando fuentes demasiado solitarias como para significar evidencia el ensayo transita ese viejo lugar común que sostiene que la Televisión no es una influencia dañina, sino tan sólo una influencia más de las tantas que forman el carácter, la personalidad y la cultura de los niños y adolescentes.

Las cifras tienden a demostrar que la mayoría de los niños pasa casi tanto tiempo frente a la pantalla como frente a sus maestros. Sin embargo, es sabido que el poder carismático del medio televisivo potencia su valor como punto de referencia ideológico, moral y cultural a tal punto que la influencia de la escuela aparece como enteramente débil y diluida. ¿Será cierto, entonces, que la Televisión ocupa el lugar que la escuela deja vacante a la hora de "enseñar"?

Veamos primero lo que dicen "los especialistas consultados" respecto de lo que enseña la Televisión, y tratemos de refutar estos puntos allí donde fuera posible.

La Televisión enseña conocimientos sobre historia, geografía, vida cotidiana, sistemas de transporte, economía.

Por empezar, rara vez la Televisión enseña estas cosas teniendo a la propia enseñanza como objetivo pedagógico, y sí se limita a mostrar las cosas y los hechos en un contexto estrecho, cuando no totalmente descontextualizados. La enseñanza, tal como la concibe un sistema educativo, tiene que respetar por sobre todo los niveles madurativos y estar inscripta dentro de una secuencia lógica y/o cronológica que permita apropiarse primero de lo más simple para poder acceder progresivamente a lo más complejo. Nada de ésto preocupa a la Televisión, que presenta los datos sin más orden ni estructura que la dictada por el tema puntual de cada programa, apuntando a una audiencia demasiado heterogénea que, para colmo, recibe el material sin orden alguno y sin preparación previa, todo lo cual desvirtúa de raíz la esencia del acto educativo.

Por otro lado, la repetitiva exhibición de ciertos datos produce muchas veces un efecto contrario al que pareciera indicar la lógica: millones de personas ven diariamente los mapas presentados por los servicios meteorológicos sin aprehender siquiera una mínima parte de contenidos geográficos básicos (nombres de países, sus capitales, su ubicación relativa, etcetera), o asisten a superficiales descripciones de lugares o especies animales o vegetales sin ser capaces de recordar luego un sólo nombre. Esto se debe a que lo que es absolutamente cotidiano se nos vuelve transparente, al punto que acabamos ignorándolo (¿cuántas personas sabrían describir en detalle el reloj que llevan puesto, pese a que lo miran docenas de veces al día?). Para la educación, un efecto semejante es anatema, porque aún cuando en muchos casos se recurra también a la repetición o a la exposición sistemática de los conocimientos, lo que se busca es que la información se internalice, no que se esfume como la niebla. A su vez, tanta abundancia desvaloriza a los datos y a los conocimientos (lo que existe en exceso nunca es valioso), creando en las personas la sensación de que saber no es tan importante como tener acceso al saber, aún cuando este acceso nunca llegue a concretarse por falta de interés o motivación.

La Televisión ayuda a aprender a hablar

Podría ser, en tanto y en cuanto expone al niño pequeño a una sobreestimulación auditiva y a una gramática y a un vocabulario complejos a edades en las que los adultos tradicionalmente se limitan a transferirle estructuras simples y palabras sencillas, presumiblemente para no confundirlo. Pero como todo ésto es adquirido en soledad, es frecuente que los chicos sepan muchas palabras pero ignoren su significado; más aún, también es usual que ignoren si esos términos son aplicables a su medio, e incluso si pertenecen o no a su propio idioma. Enseñar vocabulario y frases hechas no es enseñar a hablar, en un sentido profundo; si así fuese, ¡todas las computadoras serían capaces de dominar el lenguaje articulado!

La Televisión promueve el manejo de diferentes tipos de códigos, y a diferenciar la ficción de la realidad.

Es curioso que se afirme ésto en momentos en que la realidad virtual, los efectos especiales y el trucaje cinematográfico ponen en tela de juicio la capacidad de los expertos para diferenciar entre un hecho verídico y una falsificación. También podría criticarse que la Televisión presenta una visión de la realidad que siempre es mostrada como en desventaja frente a la ficción, o que directamente le niega valor a la experiencia, como en el reciente anuncio publicitario que afirma "ya no es necesario viajar para estar...".

En cuanto a los códigos, es probablemente cierto que el niño y el adolescente se ven expuestos a una variedad interesante de ellos por intermedio de la Televisión, pero no hay dudas de que éste es un saber que, descontextualizado, les acarrea más problemas que soluciones. Hoy en día los niños –y ésto se ve claramente en la escuela- caen con frecuencia en la trampa de creer que los códigos vistos en la Televisión son válidos para todas las situaciones, y es así como se dirigen a sus mayores con expresiones reservadas para adultos o recurren a modismos o expresiones idiomáticas propias de algún submundo cultural, provocando situaciones chocantes y desagradables o exponiéndose a reacciones que los sorprenden, porque les resulta incomprensible que lo que "todos" dicen en la Televisión no les sea permitido a ellos.

La Televisión siempre muestra una realidad deformada, sobre todo en un medio como el nuestro donde hay poco o ningún control sobre el material que se difunde. Si se tiene en cuenta el tiempo que cada pieza de información ocupa "en el aire", uno podría deducir que en Argentina hay más ricos que pobres o que los travestis representan una porción mayoritaria de los votantes. Igualmente, podría afirmarse que no hay matrimonios bien avenidos, que la vida conyugal se reduce a una inacabable y semitrágica serie de "menages a trois", y que cualquier relación amorosa debe estar signada por el infortunio y los desencuentros. El natural fatalismo de los adolescentes confirmaría de esta manera, a través de estos códigos presentados por la Televisión como cuasi-universales, que la vida es una soberana porquería.

Lo cierto es que la Televisión, con sus poderes hipnóticos y gracias a las elaboradas técnicas con que sus artífices manipulan la percepción de los espectadores, impone códigos mucho antes de "promover su manejo", siendo el ejemplo más cercano a los adolescentes su manifiesta voluntad de erigirse en árbitro de la belleza física, lo que es causa de indecibles sufrimientos y no pocas muertes por anorexia.

La Televisión enseña a crear y a romper con los prejuicios.

Afirmación temeraria por demás. Salvo por las clases de cocina y bricolage, es dudoso que la Televisión aporte algún saber práctico o estimule la creatividad. En lo que a los prejuicios concierne, es sabido que la Televisión los inventa en cantidades industriales y que basta una mirada o un gesto del periodista o la actriz de moda para defenestrar a la más sabia de las verdades sin contemplación alguna y sin asistencia de la razón.

La Televisión enseña a conectarse directamente con las emociones. Nadie duda: es una de las principales virtudes de la imagen.

El reflejo emocional que provoca la imagen es harto conocido por psicólogos y artistas. Pero es sabido también que ésto se consigue a expensas del intelecto, es decir, la imagen impresiona emocionalmente porque su extemporaneidad previene la reflexión. Sin embargo, esta reacción se da sobre todo cuando el espectador puede identificarse con el objeto presentado por la imagen: no nos perturba demasiado ver escenas de una guerra lejana, y sí lo hace un accidente ocurrido en nuestra ciudad. En el último análisis, el valor de la imagen reside en que apela al subconsciente; y su defecto en que provoca la reflexión muy a posteriori y sólo en aquellas personas que han sido educadas para pensar, dejando al resto abandonado a una tormenta de emociones y sin mucho margen para canalizarlas.

La Televisión enseña que los sistemas y estructuras sociales cambian.

Para ser sinceros, la Televisión "muestra" que estas cosas suceden, nada más. Como a lo largo de todo el artículo, el término "enseña" es usado aquí con intención sofista, dando la impresión de que el espectador "aprende" algo al enterarse de la mutabilidad social, cuando en realidad no está demostrado que sea así. Por otra parte, la propia Televisión es un factor decisivo en el cambio social, de modo que en esta instancia, al menos, se convierte en juez y parte. ¿Hasta dónde, entonces, muestra lo que sucede... o lo que quiere que suceda?

La Televisión enseña que hay otras lenguas.

Cuando leímos ésto no pudimos menos que lanzar una carcajada. Argumento absurdo, si los hay, que vendría a demostrar que la Televisión enseña tonterías, trivialidades y conocimientos mínimos antes que nada. Para conocer que hay otras lenguas basta con que alguien nos lo diga. Este es un saber instantáneo, puntual, que no trae demasiadas consecuencias. Otra cosa hubiera sido decir "enseña a hablar otras lenguas", pero de sobra sabemos que no es el caso. Por extender la inocentada, podríamos agregar que "la Televisión enseña que hay otras razas, que hay otros continentes y que hay otros equipos de fútbol..."

La Televisión enseña a buscar modelos en el mundo, respuestas sobre cómo vivir.

Reformulemos esta también hilarante aseveración: la Televisión muestra a las personas –sean ellas ricas, famosas o comunes- desde una óptica estrechísima; que los espectadores encuentren modelos en tales ejemplos es, cuando más, un síntoma de su alienación. En cuanto a la búsqueda de "respuestas sobre cómo vivir", está claro que lo que la Televisión ofrece en este sentido es inaplicable a la enorme mayoría de las personas, salvo en el terreno de la más pura fantasía. Sería creíble decir, en cambio, que lo que la gente busca en la Televisión es "letra" para que su imaginación la ayude a huir de la dura realidad.

La Televisión enseña a reflexionar.

Sobre un fondo de risas pregrabadas podríamos acotar que la Televisión enseña todo lo contrario, porque en el momento en que un espectador se vuelve realmente reflexivo es inevitable que apague el aparato. La Televisión puede ser cualquier cosa, pero sin duda alguna no es un medio suicida, tal que provoque en los espectadores la única reacción que podría acabar con ella.

La Televisión enseña a cantar y a bailar y a agudizar el oído musical.

Comentario digno de un profesional –sordo- de cualquier disciplina que no sea la Música. Por cada programa que presenta música valiosa (o aún meramente afinada...), hay mil que destruyen el gusto y el oído de la audiencia sin la más mínima conmiseración. Véase, si no, lo que ha hecho el video-clip por la música popular y por la poesía que contienen algunas de sus letras.

La Televisión enseña que el conocimiento es frágil y cambiante.

Esto ya no provoca risa, sino alarma. El conocimiento no es frágil, sino el bien más sólido de que puede disponer el intelecto humano; y no es cambiante, sino creciente, es decir, unos conocimientos sirven de base a otros y siempre aparecen conocimientos nuevos para sumarse a la pirámide. Si la Televisión enseña lo que los "especialistas" dicen que enseña sobre el conocimiento, entonces la Televisión miente interesadamente, de seguro porque la idea de esta supuesta fragilidad e inestabilidad es lo que le permite bombardear a los espectadores con datos vacuos, con medias verdades y con mentiras absolutas de todo tipo y tenor.

Tras estas puntualizaciones el artículo continúa –como toda nota periodística que se precie- presentando las justificaciones de los susodichos especialistas. Pero ya no surgen como tan claros los beneficios y la enseñanza de la Televisión, y nos enteramos entonces de que "ver más de dos horas diarias es un exceso", que "a veces es imposible reflexionar y menos interpretar lo que se recibe", y que los niños "hasta los doce años no tienen desarrollada la capacidad del análisis crítico ni reconocen los supuestos dentro de la información". ¡Curioso artículo éste, donde primero se muestran las bondades pedagógicas del medio televisivo y luego se explica que no es oro todo lo que reluce!

Un párrafo aparte merece la intervención "desde Miami" de Valery McCarty, del canal de cable Nickelodeon, quien sostiene que para aprovechar al máximo la TV habría que "enseñar a los padres a dirigir lo que sus hijos ven, seleccionar lo que creen que es bueno para ellos". Este comentario merece sumarse por derecho propio a la extensa galería de los sofismas favoritos de quienes venden a la Televisión como si se tratase de un sano y nutritivo alimento para niños, porque contiene los dos paradigmas básicos con que la pantalla de plata se justifica a sí misma y lava sus culpas: "enseñar a los padres" quiere decir que otros deben hacerse cargo de corregir lo que la Televisión altera, deforma o pervierte en forma manifiesta; una transferencia de responsabilidades injusta por donde se la mire. Luego, señalar que el control de los padres debe limitarse a permitir "lo que ellos creen que es bueno" implica que no importa lo que es en realidad bueno, sino lo que se cree bueno. Así, el relativismo moral es llevado a extremos, y hace posible que un padre prohiba a su hijo ver una película de violencia extrema y que otro incite al suyo a verla, ambos amparados en su "creencia". No se trata aquí de afectar la libertad de las personas, pero es evidente que algo falla en el argumento si finalmente todo da lo mismo.

Y hablando de la violencia, se descarga en el artículo que la Televisión "no inventó la violencia. Ésta es la forma más fácil de usarla como chivo expiatorio. La violencia social no es propiedad de este medio de comunicación." A un párrafo del final, semejante afirmación tiende (¿interesadamente?), a levantar el "rating", provocando que el lector se aleje con la idea de que la

Televisión es algo así como una pobre víctima a la cual se le atribuye un papel falsamente decisivo en la generación de actitudes violentas en los niños, y con la sensación general de que "tudo bem". ¡Gracias, Televisión, por soportar tanto castigo!

Cierto es que la violencia existía antes que la Televisión, muchísimo antes. Pero igualmente cierto es que ella se ha apropiado de los temas violentos para convertirlos en su leit motiv, y que los distribuye en cantidades industriales, a diestra y siniestra, sin mirar quién los recibe ni qué se hace con ellos. Y no deja de ser curioso verificar que cuando se le hace notar (a "la Televisión"), que el material que pone en el aire viola preceptos éticos, que produce daños graves en las mentes infantiles, que altera su comportamiento, que los desensibiliza y que los confunde, siempre se la halla más dispuesta a autocensurar los contenidos sexuales que los violentos, como si fuese infinitamente más grave contemplar la desnudez que la muerte gratuita o la tortura.

Cualquier espectador racional puede descubrir cuáles son los mecanismos de penetración ideológica que se esconden detrás de la Televisión tras pasar unas pocas horas frente a la pantalla, y darse cuenta de que si alguien en la audiencia aprende algo es porque su voluntad lo hace posible y no por mérito del medio. Por ende, si la Televisión enseña de modo indirecto no hay nada que agradecerle, ya que siendo su potencial pedagógico tan grande acaba desperdiciándolo por entero en el altar del entretenimiento barato, vacío de todo contenido útil y desprovisto de finalidades nobles.

La escuela, que sí enseña, es criticada porque no entretiene. Es hora de que le demandemos a la Televisión que de verdad enseñe –en el sentido pedagógico- mientras muestra, y que se esfuerce un poco más por educar mientras divierte. Entonces sí podremos darle las gracias por algo.

Por último, queda por refutar la primera afirmación que citamos del referido artículo, esa que dice que la Televisión es "uno de los mecanismos básicos de socialización". No porque no lo sea en la realidad, sino porque el adjetivo "básico" se refiere aquí al papel de nodriza que le han asignado millones de padres llevados por las circunstancias de la vida moderna o por su falta de responsabilidad. La universalidad de un comportamiento no lo legitimiza, y antes bien deberíamos preguntarnos si no es más sencillo, económico y seguro que el niño se socialice en compañía de otros niños y bajo la tutela de adultos comprometidos con su desarrollo armónico, en los espacios que tradicionalmente han servido a tal propósito: la escuela y la familia. Podemos aceptar la frase de marras como un hecho, pero es nuestro deber de maestros recordar siempre que es un hecho desgraciado el que nuestros niños sean influenciados cuatro, seis o más horas al día por comerciantes, publicistas y periodistas embarcados en una guerra de desprestigio que nos afecta directamente. Si, como se afirma, la Televisión es un medio "básico" de socialización para los niños, es imperativo entonces que lo controlen aquellas personas que la sociedad ha preparado para el trabajo, esto es, los educadores.