AMABILIDAD

AMABILIDAD Y AMOR.- Amabilidad se define como «calidad de amable», y una persona amable es aquella que «por su actitud afable, complaciente y afectuosa es digna de ser amada».

Al hablar de amabilidad, sin duda hemos de referirnos también al amor, pero he preferido tipificar a la amabilidad como «valor» por su carácter más concreto de actitud, de rasgo firme y definido de la persona que ama. El amor es una palabra demasiado grande, universal y genérica, pero, sobre todo, es una abstracción. No existe una cosa concreta llamada amor, sólo existe el acto de amar expresado en deseos de dar, respetar, valorar, considerar a los demás, aceptarles, procurar su felicidad, alegrarse con sus éxitos... En definitiva, llevar a la práctica una disposición afectuosa, complaciente y afable que no tardará en convertirse en firme actitud, que nos predisponga a pensar, sentir y comportamos con amabilidad. Cuando lo previsible, lo normal en una persona sea comportarse de forma afable y afectuosa, es porque la amabilidad ha adquirido la categoría de «valor».

La amabilidad es la manera más sencilla, delicada y tierna de hacer realidad un amor maduro y universal, libre de exclusivismos. Ese amor que dice «te necesito porque te amo» y no te amo porque te necesito». Es entonces cuando la amabilidad se convierte en una constante porque el comportarse de manera complaciente y afectuosa con los demás, sentir su felicidad, es lo mismo que sentir la propia dicha y alegría compartida. Ser amable llega a ser algo así como una «necesidad biológica del espíritu».

La amabilidad es siempre un claro exponente de madurez y de grandeza de espíritu, dado su carácter universal, integrador y de cálido acercamiento a los demás seres de la creación, con los que se siente hermanada toda persona amable.

«El amor que yo viva en mí de mí es la medida del amor con que puedo amar a cualquier otra persona. El problema está en que yo me encierro en el amor que vivo en mí y excluyo a los demás.» (A. Blay)

EDUCAR PARA LA AMABILIDAD ES EDUCAR PARA EL AMOR Y LA PAZ CONSIGO MISMO.- Hemos visto que la amabilidad como «valor» es una actitud, un modo habitual de ser y comportarse, afectuoso y complaciente de toda persona que es digna de ser amada. El que ama practica su amor, lo hace realidad y lo exterioriza fundamentalmente mediante la amabilidad. No confundamos actos de amabilidad, circunstanciales y transitorios, con la amabilidad como actitud y «valor», sentido y deseado. Todos podemos ser «amables» en ocasiones y por diversos y hasta oscuros fines, pero no es a esta «amabilidad» de conveniencia a la que nos referimos, sino a la amabilidad como «valor», como disponibilidad permanente, libremente asumida y ejercida.

Pero la amabilidad es planta delicada que sólo germina en «terrenos», «climas» y condiciones especiales. El terreno más apropiado es el hogar y poco después la escuela. El «clima» y las condiciones especiales de una educación para la amabilidad que ha de proporcionar el medio educativo en que se desenvuelve el niño durante la infancia y la adolescencia debe aportar y despertar los siguientes sentimientos positivos:

AFECTO. Sentirse aceptado y amado con sus cualidades y defectos. Percibir que sus padres y educadores han escogido amarle y respetarle.

ALEGRIA COMO HABITO. Mostrarse satisfecho de vivir, de amar, de compartir el tiempo con el educando, en una actitud divertida y desdramatizadora. Reír en familia con frecuencia y contagiar la alegría sin reservas.

CONFIANZA. Creer en su capacidad, en su bondad, en sus aptitudes, permitirle que se equivoque y transmitirle siempre el mensaje de que puede vender las dificultades, que seguiremos cerca para ayudarle, que con su esfuerzo e ilusión conseguirá lo que se proponga.

ACEPTACION. Dejarle ser persona, valorar su singularidad, estimularle a pensar por si mismo, pero con honradez y respeto a los demás. Recordar las palabras de Kabil Gibran: «Tus hijos no vienen de ti, sino a través de ti, y aunque estén contigo, no te pertenecen. Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, pues ellos tienen sus propios pensamientos ... »

SEGURIDAD. Manteniendo una actitud definida que permita al educando conocer nuestras reacciones y saber a qué atenerse. Pero la seguridad le viene al niño, sobre todo, del ejemplo de normalidad y naturalidad en el trato diario y de comprobar que los adultos sabemos reconocer nuestras limitaciones y defectos, aunque no por ello desistimos en el empeño de ser mejores cada día. Vernos humanos, limitados y capaces de pedir perdón, les da seguridad porque nos sienten más cerca de sí mismos, más a su altura.

COMPARTIR ACTIVIDADES Y SER Y ACTUAR COMO UN AMIGO(A). Si, como decíamos al hablar del afecto, hemos escogido amar a nuestros hijos y educandos, lo más normal es mostrarle nuestro deseo de compartir actividades con ellos, de reír y disfrutar juntos y de considerarnos como amigos incondicionales que comparten dificultades y alegrías.